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La rentabilidad de un canal no se juzga por lo que parece, sino por lo que deja

Casi todos los negocios tienen una opinión formada sobre cada uno de sus canales.

Este trae buenos clientes. Este solo trae curiosos. Este da mucho volumen pero poca calidad.

El problema es que casi ninguna de esas opiniones está calculada.

La rentabilidad de un canal se juzga, la mayoría de las veces, por la sensación que deja, no por lo que de verdad aporta al negocio.

Y la sensación engaña. En las dos direcciones.

Por qué la impresión sobre un canal casi nunca es fiable

Un canal puede parecer flojo y ser de los más rentables.

Trae mucha visita y poca conversión aparente, así que da la sensación de que atrae sobre todo a gente que mira y no compra.

Con esa impresión, es fácil decidir dedicarle menos esfuerzo, o directamente descartarlo.

Y al revés: un canal puede parecer excelente y no dejar apenas margen.

Trae mucho volumen, la agenda se llena, las cifras de entrada son buenas.

Pero si los clientes que llegan por ahí consumen mucho descuento, mucha atención o mucho servicio poco rentable, el canal está generando movimiento, no negocio.

En los dos casos el error es el mismo: juzgar el canal por lo que se ve a la entrada (cuánta gente trae, qué sensación deja) en lugar de por lo que deja a la salida.

Qué es de verdad la rentabilidad de un canal

La rentabilidad de un canal no es cuánta gente trae.

Tampoco es, por sí sola, cuántos de esos convierten.

Es cuánto deja el que convierte, comparado con lo que cuesta ese canal.

Un ejemplo lo deja claro.

Un negocio tenía un canal que traía sobre todo visitas: mucha gente entraba por ahí, pero solo una parte se convertía en cliente.

Vista así, la conversión parecía baja, y era fácil pensar que ese canal atraía más curiosos que clientes reales.

Cuando se midió el recorrido completo (no cuántos entraban, sino cuánto dejaban los que se quedaban) la lectura cambió.

Ese canal, con su conversión aparentemente modesta, aportaba en torno a una cuarta parte de la facturación del negocio.

No era un canal de curiosos. Era un canal rentable que parecía flojo solo porque se estaba mirando el dato equivocado.

La diferencia entre una lectura y otra no fueron más datos.

Fue mirar el dato correcto: no la foto de entrada, sino el negocio que quedaba al final.

Cómo se mide lo que un canal deja de verdad

Medir la rentabilidad real de un canal es seguir al cliente que entra por él hasta el final, en lugar de quedarse en la foto de cuántos entran.

Significa saber cuántos de los que llegan por ese canal se convierten en clientes.

Cuánto facturan una vez dentro.

Cuánto cuesta atenderlos, con sus descuentos, su servicio y su nivel de exigencia.

Y cuánto repiten, porque un canal que trae clientes que vuelven vale mucho más que uno que trae compras sueltas.

Solo con ese recorrido completo se puede comparar un canal con otro de verdad.

Y solo entonces las decisiones sobre dónde invertir esfuerzo (qué canal potenciar, cuál sostener, cuál dejar ir) dejan de tomarse por impresión y empiezan a tomarse sobre lo que cada canal aporta al negocio.

Porque un canal no se evalúa por el tráfico que genera. Se evalúa por el negocio que deja.

De la impresión al cálculo

La mayoría de las decisiones sobre canales se toman con una convicción que nadie ha comprobado.

Y esa convicción, por sólida que parezca, es una opinión sobre una foto parcial.

Medir el recorrido completo no siempre confirma lo que se creía.

A veces un canal que se daba por bueno resulta que no deja margen.

Y a veces uno que se estaba a punto de abandonar resulta ser de los que más sostienen el negocio.

En los dos casos, saberlo cambia la decisión.

Y esa es toda la diferencia entre dirigir un negocio por impresión y gobernarlo con criterio.

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